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¿Para qué vas a terapia? ¿Estás loca?

20:30:00 Más Medidas 0 Comments


 
Dany Dorantes

Tenía a penas unos 8 años la primera vez que fui a terapia. La historia, a grandes rasgos, es que mi hermano iba por que reprobaba mucho desde el kínder y mi mami estaba preocupada (o al menos eso es lo que yo entendí). Y la terapia estaba bomba: jugaban y jugaban y jugaban todo el tiempo, mi hermano y sus otros amiguitos de terapia. Mientras que yo… tenía que esperar como #foreversola a que saliera. Recuerdo que no estaba padre y que me quejaba amargamente con mi madre, mi abuela y con quien se dejará. La verdad es que no estoy segura si fue por eso o por algo más que mi madre observó, pero a los meses entré a terapia. La mía no era de juegos *carita triste* pero dibujábamos y escribíamos.

Creo que de ese entonces es que para mi escribir es algo terapéutico. Y recuerdo que… (o al menos así creo que ocurrió)… un día la señorita psicóloga me pidió escribir un ensayo de: “¿Qué se siente ser gordita?” y ya nunca volví a la terapia. No entiendo si fue por que el objetivo se traumó o por que mis padres ya no estaban dispuestos a pagar para que la niña fuera a colorear. Pero… lo que sí les puedo decir que a partir de ese entonces deje de ser la niña tímida sin amigos a ser parte del grupito de las sociables. Los miedos siguieron ahí, por ejemplo al que me escogieran o no en el grupo de fútbol, pero también salieron mis valentías, mi armas protectoras, una de ellas: mi ñoñez absoluta.

Crecí y crecí, llegó la adolescencia y de verdad, o al menos eso creo, no lo pase tan mal. Obvio no tenía que ponerme ni tenía mil novios, pero siempre encontré un cómo pasarlo bien. La juventud, igual. Es más creo que fue cuando más ñoña me volví y más seguridad logré en mi. Claro… todo mejoró cuando salí de la Universidad, en parte por que tenía UN TÍTULO, y por otra, por que tenía dinero para comprarme ropa y encontré una tienda de ropa padre para gorditas. Pero los miedos seguían ahí (y siguen, pues…).

Así que… volví a terapia… he pasado por terapia de diván, por terapia de bailar, por terapia de aromas, por coaching, por terapia en línea, por terapia de masajes, y ¿de qué me ha servido gastar tanto dinero? Quizá la más importante es observar cómo mi peso se encuentra asociado a mis emociones. Desde una franca rebeldía a decir: “Soy gordita a pesar de que todo el tiempo me andes diciendo que debería bajar de peso”, pasando por una asociación de afecto: “Mi papito y yo amamos comer taquitos y cuando estamos tristes comemos taquitos… a escondidas del mundo”, terminando en una justificación de mi personalidad: “Soy gordita pero bien chingona en esto, esto y esto”.

¿Ya me quite esos rollos de mi cabeza? Obvio NO… pero a decir verdad me gusta ser consciente de que eso pasa en mis conexiones cerebrales (como la película de Intensamente). Me gusta sentir que puedo entenderme y comprender mis momentos de enojo, amor, estrés, ira o frustración. Que mi peso es solo un arma más y que evidentemente no la necesito. Pero sobretodo entender que “estar gordita” no es un estado de ánimo, sino una característica física. Ir a terapia no hace que me quite los kilos, pero si que los kilos sean de a kilo y no traigan harta carga emocional.

¿Ustedes han ido a terapia? Las leo en mi FB: Dany y Doris o vía twitter @danydorantess